Vivir lejos de casa

A 13.000 kilómetros de distancia y con un océano de por medio

Cuando terminé mis estudios en Argentina decidí venirme a Europa por un par de ¿meses? ¿años?. La verdad, no lo sabía en ese momento y menos lo sé ahora. Había estudiado Turismo y solo ansiaba recorrer el viejo continente.

El destino

me llevó a Palma de Mallorca, quien también hizo de las suyas con Mitja, mi marido y allí nos encontró. En un piso compartido, en la calle Manacor. Él, como estudiante de Erasmus. Yo, trabajando para la ya olvidada Spanair. Y, el resto, se puede resumir así:

Llevo viviendo en Suiza 13 años. Con sus up’s and down’s. Con sus días soleados y con sus días grises (y no solo en el cielo). Tenemos dos hijos que son miti-miti (mitad suizos, mitad argentinos) como ellos mismos se describen (o al menos Matteo, porque Malena aún no habla) “hasta el ombligo soy argentino y del ombligo a los pies suizo” o viceversa, depende el día. A su corta edad ya tiene que tomar decisiones difíciles, como por quién alentar en el Mundial, la camiseta de que país llevará a su clase de fútbol, etc.

Identidad vs. Integración

Claro que estar tan lejos no siempre es fácil. No sentirme ni de acá ni de allá, tampoco. Vamos, que sentirme, me sigo sintiendo argentina. Pero cuando estoy allá, extraño tantas cosas de acá. Y cuando acá, aún más de allá. Es vivir en un estado de incongruencia constante. En un tirar para un lado la cuerda y aflojar en el otro. En un querer y no poder. En poder y no querer. En el miedo a perder mi identidad, dejar de ser yo. Miedo en adaptarme tanto, pero tanto, a mi nuevo país, que termine por olvidar mis costumbres, mi esencia. Pero también es un sentimiento de mucho orgullo formar parte de otro lugar. Es ponerse la camiseta del otro país cuando nos toca reprensentarlo. Es crecer, es superarse, es aprender, es madurar. Pero también es vivir, constantemente, entre dos mundos.

Son decisiones

pequeñas, casi automáticas, que suceden a diario. Vivir lejos implica perder momentos valiosos con mi familia. Es una pequeña y casi invisible renuncia diaria que tiene como resultado que nuestros hijos no crezcan junto a su familia materna (aunque con mucho contacto gracias a Whatsapp, FaceTime y todas las herramientas que nos ayudan a sentirnos más cerca). Es inculcarles al máximo costumbres y valores que me transmitieron mis padres. Es absorber cada momento al máximo en nuestros viajes. Es aprender a disfrutar del instante. Es cerrar los ojos e inspirar fuerte, fuerte, hasta llenarnos los pulmones cada vez que aterrizamos en Ezeiza. Y es volver a inspirar nuevamente, fuerte, fuerte en cada despedida (que son cada vez más difíciles) para que ese poquito de aire inspirado nos acompañe a superar los primeros días en nuestro país por adopción. Y cuando aterrizamos en Zürich mi corazón vuelve a latir fuerte, porque, en definitiva, llegamos a casa. A nuestra casa. A nuestra rutina y nuestras actividades, sus juegos, sus mundos.

Y me doy cuenta

que esta renuncia silenciosa diaria no es solo personal. Es, de alguna manera, directa e indirecta, una renuncia que hacen muchas personas alrededor nuestro. Pero también me doy cuenta que esa renuncia es una constante en mi vida. Que si decidiera volver a mi país, esa renuncia nos perseguirá. Porque en ese caso, la renuncia sería de la otra parte. Y la de mis hijos, también. Que las despedidas serán igual de duras, que las tradiciones serian impartidas por la otra parte. Y comprendo, que, quizás, sin darme cuenta, la decisión de renunciar a muchas cosas, momentos, familia y amigos, la tomé hace mucho tiempo ya. La tome por mí, la tomé también por muchas personas más. Consciente o inconscientemente. No lo sé.

¿Alguien acaso lo puede saber?

Como organizarnos sin desesperar

Nos pasa a todos. A todos los padres que trabajan. Alguien enferma y debemos, muchas veces en cuestión de minutos, organizar el cuidado de los niños (y en caso de haber mascotas, también). Y hacer esto, sin desesperar, es, a veces, un gran reto.

Hoy ha pasado de nuevo

Lo que nos pasa al menos dos o tres veces por año, pero qué digo, dos o tres veces por estación. Alguien enferma, hay que ir a trabajar (y como suele suceder, mi marido y yo ya tenemos reuniones super importantes, de esos que creemos que no podemos estar ausentes bajo ningún punto de vista) y dentro mío me sucede siempre lo mismo: me convierto en un manojo de nervios (aunque intento recordar a mi profesora de yoga diciendo que hay que mantener la calma) mi cerebro se pone en modo alerta total, se prenden las primeras alarmas de que hay que hacer algo urgente, recibo el kick de adrenalina pura necesario y comienzo a organizar y acomodar (como si del Tetris se tratara) de manera express el día y el cuidado de los niños. Esto, suele suceder seguido, ya nos estamos acostumbrando.

Hoy es un poco diferente…

Pero lo que ha pasado hoy corresponde a mucha mala suerte. La Tagesmutter (que significa madre de día, para las que no viven en un país germano parlante y que ya les contaré quién es en otra entrada) y la niñera (que no es lo mismo) cayeron enfermas el mismo día y me avisaron con media hora de diferencia entre ellas.

¿Pero cómo organizarnos hacerlo sin desesperar?

Hago un repaso mental de quienes tienen el viernes libre con disponibilidad horaria, y claro, que se animen a quedarse toda la tarde con un nene de seis años (lo de su hermana de uno está solucionado, va a la guardería todo el día).  Elimino de un plumazo al menos 3 candidatos. Y por supuesto ni se me ocurre pensar en mis padres y hermanas, que viven a 13.000 kilómetros.  A ellos los dejo para el consuelo telefónico.

Manos a la obra

Llamo a mi amiga, pero mañana cuida de otro niño. Pienso en los abuelos, pero acaban de mandarme un WhatsApp contándome de lo bien que la están pasando en Nairobi con 28 grados (mientras que nosotros aquí bajo un cielo gris, que no para de llover hace una semana) por lo tanto, también descartados. Mi vecina trabaja.

Cuando no hay otra opción…

Sin más remedio llamo a mi marido, quien mañana tiene una reunión impostergable (y debo admitir que las ultimas tres veces se quedó él en casas). Y  como quien no quiere la cosa, me veo mandándole un mensaje a mi jefe y preguntándole si es posible que mañana haga Home Office. Y mientras lo escribo ya estoy repasando mentalmente las pelis y actividades de entretenimiento tendré listas para que mañana Matteo (y yo) pasemos bien la tarde. Después de seguir las instrucciones de mi jefe sobre los programas que debo instalar en mi computadora, estoy lista para comenzar mi primer dia de Home Office en esta nueva empresa.

Un detalle no pequeño

Olvidé comentarles que justo dos días antes tuve una reunión con mi jefe para cerrar el periodo de prueba (si, llevo tres meses trabajando en esta empresa). Es decir, no voy a ir a trabajar en primer día de trabajadora oficial fija indefinida.

Pero es cuando recuerdo

Que no soy la única, esto les pasa a todos los padres que trabajan. Que es parte de ser padres trabajadores, que se trata de conciliar, de intentarlo. Que estamos todos en la misma barca, remándola.  Sí, a veces sirve pensar así.