Volver a trabajar me llevó a tener un Máster en Tetris

Conciliar no es tarea simple – en ningún caso.

En Octubre del año pasado decidí volver a trabajar. Malena tenía diez meses. Sabía que encontrar el puesto perfecto en el que pudiera compatibilizar ser madre y trabajadora no iba a ser fácil, pero que al final lo lograría, porque trabajar jornada reducida o part-time es bastante común en Suiza. De hecho, la mayoría de las madres (y también en muchos casos, los padres) lo hacen. A veces por deseo propio, a veces porque no queda otra solución.

Dos meses después

Estaba sentada en mi nueva oficina. Si, la búsqueda fue mucho más rápida de lo que creía en un principio. Y eso llevó a unos cuantos días de muchos nervios previos a comenzar. Porque a pesar que el deseo de trabajar y lograr un equilibrio entre nuestro hogar y el trabajo son superiores a los problemas que puedan surgir, las dudas me atormentaban (como se que les pasa a muchas de ustedes) ¿cómo íbamos a organizarnos? ¿Que días me tocaría trabajar? ¿Tendría capacidad horaria la guardería? ¿Me acostumbraría a dejar a los dos peques? Estas y muchas otras preguntas nos quitaron el sueño durante unos cuantos días.

En Suiza

la escolaridad obligatoria comienza a los 4 o 5 años, dependiendo del cantón en el que vivas. Por eso, y porque las guarderías tienen una lista de espera larguísima, te recomiendan anotar a tu hijo mientras estas embarazada. Si, LEYERON BIEN, durante el embarazo. Por supuesto, esto lo aprendimos durante el embarazo de Matteo. Así que con Malena ya éramos expertos en el tema. Para asegurarnos la plaza, ella comenzó con 8 meses la guarde. Una vez por semana, todos los lunes. Pero, como estaba claro que iba a suceder, el que iba a convertirse en mi jefe me informó que trabajaría los miércoles y viernes. Y por supuesto, los miércoles la guardería no tenia plaza. Y a todo esto, nos faltaba encontrar solución para Matteo después del jardín. Para los dos días.

Existen las hadas madrinas

Y cuando estaba a punto de darme por vencida y creyendo que no habría otra opción mas que quedarme en casa sin trabajar por un tiempo más, la mamá de un amiguito de Matteo me envía un WhatsApp donde me comenta que a partir de ahora es “Tagesmutter” y que si tengo interés, podría cuidar de mis dos M’s (Malena y Matteo). Si, ya sé, se los prometí. Aquí les cuento quienes son las Tagesmutter.

Tagesmutter (aka Hada Madrina)

Es una persona que cuida de tus hijos mientras trabajas, al igual que cualquier niñera, pero con dos grandes diferencias. Lo hace en su casa (y si, para mí esto era tema tabú y de hecho lo aceptamos, porque, antes que la Tagesmami de nuestros hijos, es la mamá de un amiguito y nos conocemos hace tiempo) y puede cuidar de tus hijos pero también, al mismo tiempo, de otros nenes (que no es nuestros caso). Así que con ella teníamos solución para los miércoles.

¿Y los viernes?

Para los que quieren saber, los viernes Malena va todo el día a la guardería y Matteo desayuna en casa de su Tagesmutter, vuelve a casa a almorzar, donde lo espera una abuela postiza (otro hada madrina nuestra) que lo cuida toda la tarde – a veces- haciendo muffins, a veces jugando al futbol, mirando pelis o yendo a la biblioteca. Esta señora también es quien nos saca muchas veces las papas del fuego. Está siempre lista para ayudarnos. Y no hay palabras de agradecimiento para ello.

Matteo en su primer día de Kindergarten

¿Lo vale?

Sí, claro que lo vale! Quiero que mis hijos crezcan sabiendo que las mujeres y los hombres tenemos los mismos derechos a tener las mismas posibilidades de hacer, de desarrollarnos – personal y profesionalmente, de crecer. Indistintamente de nuestro género. También sé que aun no existe una conciencia conciliadora de respaldo a las madres trabajadoras. Queda mucho por hacer. Pero trabajando y cuidando de ellos es el mejor ejemplo que puedo darles, que puedo transmitirles.

¿Qué si se presentan imprevistos? Sí, claro, a diario, pero que no son motivos para tirar la toalla. Que conciliar es difícil, que se nos exige demasiado, sin lugar a dudas, pero vale la pena intentarlo.

¿Cómo se las arreglan ustedes para conciliar?

Viajar sola, por primera vez, en muchos años

Dar el primer paso a un viaje sin niños no es tarea fácil. O al menos, no lo fue para mí.

Tuvieron que pasar muchos años

Hasta que me animé a subirme a un avión sola. De hecho, la primera vez fui casi obligada, por trabajo. A Estocolmo, 48 horas. Aún recuerdo lo dura que fue la despedida de Matteo en el aeropuerto. Muchas lagrimas de por medio, ESE MIEDO aterrador que nos invade. Ese miedo a lo que pueda suceder. Mejor no pensar, nos decimos. Esa fue mi primera experiencia (sin contar la vez que me fui por una noche, en coche, a Francia con un amiga. Matteo tenía 18 meses y a mi regreso me ignoró por un día entero) No fueron, lo que digamos, experiencias del todo positivas.

Pero había llegado el momento

Fue hace unos meses, en Enero para ser explicita. Mi amiga se había mudado a Londres y estaba embarazada. Quería verla en ese estado, no quería perdérmelo. Pero no me animaba, daba muchas vueltas. Primero iba a ir en Noviembre, después en Diciembre. Estábamos en Enero y yo no me había movido de Suiza. Un día, Mitja, probablemente cansado de mis vueltas y de las veces que, supuestamente, había estado a punto de comprar el pasaje, me dijo: No dejes pasar más el tiempo, te conozco y después vas a terminar lamentándolo. Y, sí, eran exactamente las palabras que necesitaba escuchar. Normalmente no actuó bajo presión, ni tampoco necesito que me den ultimátums para hacer algo, pero en este caso sí.

Miedo ¿a qué?

Me reconozco como una persona racional, madura, adulta, con conocimientos de la industria de aviación (trabajé muchos años en diferentes aerolíneas) también como una viajera apasionada, con muchísimas millas voladas. Sin embargo, la idea de subirme a un avión sin mis hijos me paralizaba. Y si sucede algo y mis hijos crecerán sin su mamá (si, lo sé, no somos imprescindibles, pero las mamás que me están leyendo seguramente me darán la razón, el pensar en que nuestros hijos no crezcan a nuestro lado es la peor pesadilla que podemos tener las madres). Sí, lo sé, lo mismo puede suceder al subirnos a un coche o al tren. Estadísticamente, es más probable que pase algo en cualquier medio de transporte antes que en un avión. Pero ¿a quién le importan las estadísticas cuando se tiene miedo?

Viajar en avión nos hace vulnerables

Es dejar en manos de un extraño tu vida. Es un pensamiento muy fuerte, del cual no somos conscientes: otra persona toma, por una razón de 50 min o 13 horas, el mando tu vida, toma decisiones por vos; quedando uno relegado al plano de espectador.
En mi caso, la rutina, el stress de las corridas antes y después del trabajo, la necesidad de reencontrarme conmigo misma, con la Ana Laura mujer y las ganas de ver a mi amiga, fueron, en esta ocasión más fuertes y más grandes que el miedo mismo. Pero también, la idea me rondaba hace mucho por la cabeza. La fui trabajando, elaborando, pensando. Hasta que maduró (o maduré yo) y me animé a dar el primer paso.

Con mi amiga (Richmond Park, London – Enero 2019)

Lo valió a cada instante

Inclusivos los nervios de la noche anterior, la espera en el aeropuerto y la hora de vuelo que separan a Zurich de Londres. Fue una experiencia muy positiva (incluidas las 9 horas dormidas sin interrupciones, es decir, pude dormir a pierna tendida una noche entera!). Fue un reencuentro necesario con la Ana Laura mujer. Fue volver a ENCONTRAR tiempo para mí misma, tiempo para la amistad. Fue volver a tener una charla de adulta ininterrumpidamente, fue pasar dos días sin horarios. Pero también me sirvió para darme cuenta que, a pesar de Matteo enfermó el sábado por la noche, pude dormir. Y, aún más importante, pude disfrutar de mis 46 horas en Londres, despreocupadamente. Matteo estaba en las mejores manos que podía estar (otro aprendizaje) y yo estaba donde quería estar (aceptar lo que no se puede cambiar es imprescindible para poder aprender a disfrutar de las oportunidades que nos da la vida).

Y como quien no quiere la cosa

Me propuse viajar al menos una vez al año, aunque sean solo dos días, sola. O acompañada de una amiga. O a visitar a alguna amiga expatriada. O ir a un viaje de compras. O a un mercado de Navidad. O encontrarme con mis hermanas en algún lugar. O o O.

Viajar es liberador, es sano, es necesario. Es una de las cosas que más disfrutaba antes de ser mamá. Algo que llevaba ya relegado muchos años (más de cinco) y que vuelvo a retomar.

Ustedes ¿ya se animaron a volver a viajar solas?

Vivir lejos de casa

A 13.000 kilómetros de distancia y con un océano de por medio

Cuando terminé mis estudios en Argentina decidí venirme a Europa por un par de ¿meses? ¿años?. La verdad, no lo sabía en ese momento y menos lo sé ahora. Había estudiado Turismo y solo ansiaba recorrer el viejo continente.

El destino

me llevó a Palma de Mallorca, quien también hizo de las suyas con Mitja, mi marido y allí nos encontró. En un piso compartido, en la calle Manacor. Él, como estudiante de Erasmus. Yo, trabajando para la ya olvidada Spanair. Y, el resto, se puede resumir así:

Llevo viviendo en Suiza 13 años. Con sus up’s and down’s. Con sus días soleados y con sus días grises (y no solo en el cielo). Tenemos dos hijos que son miti-miti (mitad suizos, mitad argentinos) como ellos mismos se describen (o al menos Matteo, porque Malena aún no habla) “hasta el ombligo soy argentino y del ombligo a los pies suizo” o viceversa, depende el día. A su corta edad ya tiene que tomar decisiones difíciles, como por quién alentar en el Mundial, la camiseta de que país llevará a su clase de fútbol, etc.

Identidad vs. Integración

Claro que estar tan lejos no siempre es fácil. No sentirme ni de acá ni de allá, tampoco. Vamos, que sentirme, me sigo sintiendo argentina. Pero cuando estoy allá, extraño tantas cosas de acá. Y cuando acá, aún más de allá. Es vivir en un estado de incongruencia constante. En un tirar para un lado la cuerda y aflojar en el otro. En un querer y no poder. En poder y no querer. En el miedo a perder mi identidad, dejar de ser yo. Miedo en adaptarme tanto, pero tanto, a mi nuevo país, que termine por olvidar mis costumbres, mi esencia. Pero también es un sentimiento de mucho orgullo formar parte de otro lugar. Es ponerse la camiseta del otro país cuando nos toca reprensentarlo. Es crecer, es superarse, es aprender, es madurar. Pero también es vivir, constantemente, entre dos mundos.

Son decisiones

pequeñas, casi automáticas, que suceden a diario. Vivir lejos implica perder momentos valiosos con mi familia. Es una pequeña y casi invisible renuncia diaria que tiene como resultado que nuestros hijos no crezcan junto a su familia materna (aunque con mucho contacto gracias a Whatsapp, FaceTime y todas las herramientas que nos ayudan a sentirnos más cerca). Es inculcarles al máximo costumbres y valores que me transmitieron mis padres. Es absorber cada momento al máximo en nuestros viajes. Es aprender a disfrutar del instante. Es cerrar los ojos e inspirar fuerte, fuerte, hasta llenarnos los pulmones cada vez que aterrizamos en Ezeiza. Y es volver a inspirar nuevamente, fuerte, fuerte en cada despedida (que son cada vez más difíciles) para que ese poquito de aire inspirado nos acompañe a superar los primeros días en nuestro país por adopción. Y cuando aterrizamos en Zürich mi corazón vuelve a latir fuerte, porque, en definitiva, llegamos a casa. A nuestra casa. A nuestra rutina y nuestras actividades, sus juegos, sus mundos.

Y me doy cuenta

que esta renuncia silenciosa diaria no es solo personal. Es, de alguna manera, directa e indirecta, una renuncia que hacen muchas personas alrededor nuestro. Pero también me doy cuenta que esa renuncia es una constante en mi vida. Que si decidiera volver a mi país, esa renuncia nos perseguirá. Porque en ese caso, la renuncia sería de la otra parte. Y la de mis hijos, también. Que las despedidas serán igual de duras, que las tradiciones serian impartidas por la otra parte. Y comprendo, que, quizás, sin darme cuenta, la decisión de renunciar a muchas cosas, momentos, familia y amigos, la tomé hace mucho tiempo ya. La tome por mí, la tomé también por muchas personas más. Consciente o inconscientemente. No lo sé.

¿Alguien acaso lo puede saber?

Como organizarnos sin desesperar

Nos pasa a todos. A todos los padres que trabajan. Alguien enferma y debemos, muchas veces en cuestión de minutos, organizar el cuidado de los niños (y en caso de haber mascotas, también). Y hacer esto, sin desesperar, es, a veces, un gran reto.

Hoy ha pasado de nuevo

Lo que nos pasa al menos dos o tres veces por año, pero qué digo, dos o tres veces por estación. Alguien enferma, hay que ir a trabajar (y como suele suceder, mi marido y yo ya tenemos reuniones super importantes, de esos que creemos que no podemos estar ausentes bajo ningún punto de vista) y dentro mío me sucede siempre lo mismo: me convierto en un manojo de nervios (aunque intento recordar a mi profesora de yoga diciendo que hay que mantener la calma) mi cerebro se pone en modo alerta total, se prenden las primeras alarmas de que hay que hacer algo urgente, recibo el kick de adrenalina pura necesario y comienzo a organizar y acomodar (como si del Tetris se tratara) de manera express el día y el cuidado de los niños. Esto, suele suceder seguido, ya nos estamos acostumbrando.

Hoy es un poco diferente…

Pero lo que ha pasado hoy corresponde a mucha mala suerte. La Tagesmutter (que significa madre de día, para las que no viven en un país germano parlante y que ya les contaré quién es en otra entrada) y la niñera (que no es lo mismo) cayeron enfermas el mismo día y me avisaron con media hora de diferencia entre ellas.

¿Pero cómo organizarnos hacerlo sin desesperar?

Hago un repaso mental de quienes tienen el viernes libre con disponibilidad horaria, y claro, que se animen a quedarse toda la tarde con un nene de seis años (lo de su hermana de uno está solucionado, va a la guardería todo el día).  Elimino de un plumazo al menos 3 candidatos. Y por supuesto ni se me ocurre pensar en mis padres y hermanas, que viven a 13.000 kilómetros.  A ellos los dejo para el consuelo telefónico.

Manos a la obra

Llamo a mi amiga, pero mañana cuida de otro niño. Pienso en los abuelos, pero acaban de mandarme un WhatsApp contándome de lo bien que la están pasando en Nairobi con 28 grados (mientras que nosotros aquí bajo un cielo gris, que no para de llover hace una semana) por lo tanto, también descartados. Mi vecina trabaja.

Cuando no hay otra opción…

Sin más remedio llamo a mi marido, quien mañana tiene una reunión impostergable (y debo admitir que las ultimas tres veces se quedó él en casas). Y  como quien no quiere la cosa, me veo mandándole un mensaje a mi jefe y preguntándole si es posible que mañana haga Home Office. Y mientras lo escribo ya estoy repasando mentalmente las pelis y actividades de entretenimiento tendré listas para que mañana Matteo (y yo) pasemos bien la tarde. Después de seguir las instrucciones de mi jefe sobre los programas que debo instalar en mi computadora, estoy lista para comenzar mi primer dia de Home Office en esta nueva empresa.

Un detalle no pequeño

Olvidé comentarles que justo dos días antes tuve una reunión con mi jefe para cerrar el periodo de prueba (si, llevo tres meses trabajando en esta empresa). Es decir, no voy a ir a trabajar en primer día de trabajadora oficial fija indefinida.

Pero es cuando recuerdo

Que no soy la única, esto les pasa a todos los padres que trabajan. Que es parte de ser padres trabajadores, que se trata de conciliar, de intentarlo. Que estamos todos en la misma barca, remándola.  Sí, a veces sirve pensar así.