Jardines Huertos Suizos

Curiosidades Suizas, Parte I

Despiertan el interés de cuanto extranjero que visite el país. La primera vez que vi un “Schrebergarten” fue entrando a Zürich, desde la autopista. Y con toda mi inocencia le pregunté a Mitja si esos eran los barrios carenciados de Suiza. No les puedo describir la carcajada que soltó ante mi inocencia y mi bagaje cultural a cuestas. Aún resuena en mis oídos. Y de la misma manera, con la misma inocencia, una a una de mis visitas me preguntó lo mismo.

PH: Carolina Agrifoglio

Entonces si no son barrios carenciados, ¿qué son esas casitas de madera muy pequeñitas, algunas muy cuidadas y bien montadas, con mucho verde alrededor, que se asoman a la vera de las autopistas o en las afueras de la ciudad (y que cuentan con mástiles con las banderas del origen de sus dueños, y las hay de todo el mundo)?

Son, ni más ni menos, parcelas de tierra empleadas como huerto, que se alquilan a personas que no tienen acceso un espacio verde propio y así lo desean. Se hace un pago anual por el alquiler de la parcela y uno único por la casita de herramientas.

Casita de herramientas y descanso

Sus orígenes remontan a la época de la Revolución Industrial. Nacieron para combatir el hambre de los obreros de las ciudades. En Suiza se adoptaron como estrategia de guerra. En Alemania fueron impulsados a partir de 1864 por el Doctor Schereber (de ahí el origen de su nombre) “en lugar de darle limosna a los pobres para que coman, mejor es ofrecerle los medios para que ellos mismos produzcan lo que necesitan”, la principal justificación del filántropo alemán.

En 1925, las asociaciones cantonales de Basilea, Ginebra, Berna, Lausana y Zúrich fundan la Federación Suiza de huertos familiares, con la finalidad de defender los minúsculos espacios cultivables.

Se estima que existen en la actualidad 640 hectáreas puestas a disposición por las comunas con 26.800 beneficiados con los terrenos. Fuente: http://www.swissinfo.ch

Los “Schrebergarten” ofrecen la posibilidad de contar con un propio “jardín-huerta” en cercanías de una comunidad. Son muchos jardincitos, uno al lado del otro, dentro de un gran terreno. Cada uno tiene la libertad de cultivar lo que desea, aunque deben cumplir con el reglamento y condiciones impuestas. Por ejemplo: cada jardín debe contar con uno o dos bidones (toneles) conectados a la canaleta de casa casita, para juntar el agua de lluvia y usarla para riego. Cada cierta cantidad de metros, hay una fuente de agua potable. En la ciudad de Zürich existen 5500, y para alquilar uno, hay (como suele ser común en Suiza para muchas cosas) una lista de espera. Muchas personas lo tienen toda su vida y solo renuncian a ellos cuando la edad deja de ser compatible con el esfuerzo y trabajo que requieren.

Durante todos estos años viviendo en Suiza, nunca me había interesado mucho al respecto, mucho menos, visitado alguno. No fue hasta el domingo pasado que pisé uno por primera vez. Y despertó en mí una curiosidad enorme. Es una idea fantástica, y estar dentro de uno de ellos dista muchísimo de la idea que uno puede concebir viéndolos desde arriba de un coche.

Tienen su parte mágica, su encanto. Cada jardincito es un pequeño oasis y más allá de las banderas izadas de cada país, su decoración o cultivos son tan personales e internacionales que los hacen inigualables. Y a pesar de estar uno pegado al otro, cuando estás dentro del mismo, se respira una privacidad absoluta. Como el común denominador de quien lo adquiere es el amor por la tierra, por la jardinería y cultivos, se pueden ver verdaderas maravillas en pocos metros cuadrados. Un ejemplo, el “vecino” del jardín de mi amiga cosechó 60 kilos de papas.

Zapallitos verdes argentinos, lo más extrañable de la huerta argentina.

Podríamos llamar a esta entrada “curiosidades que suceden en Suiza”, ya que son cosas que suceden aquí y pueden resultar inimaginables para quien vive, por ejemplo, en la Patagonia, con extensos kilómetros cuadrados deshabitados.

A lo lejos, la ciudad de Zúrich

Es por ello que Suiza no deja de sorprenderme la capacidad que tienen de explotar cada metro cuadrado y sacarles su mejor provecho. También es admirable la cantidad de personas que, a pesar de vivir en la ciudad, anhelan tener un trocito de tierra para cultivar sus hortalizas, frutas y de contar con pequeño espacio de descanso.