Aprendiendo a ahorrar

Hoy publiqué un par de videos en mi cuenta de Instagram sobre la importancia del ahorro en los niños, del valor del dinero y la toma de consciencia sobre su uso. La verdad es que muchas me preguntan cómo lo hicimos, así que me explayaré un poquito más al respecto en este mini-post.

Hace un tiempo aún que el tema dinero es muy importante en casa. El aprender el precio de los productos del supermercado, de los juguetes que nos gustan, etc está presente en nuestras charlas a diario. Pero como enseñarles a diferenciar entre caro y barato, entre mucho y poco dinero. Entre para que ahorrar y en que gastar. Para nosotros, los adultos, tarea diaria, la de comparar precios, que comprar, cuando ahorrar o en qué invertir. Pero transmitirles a los niños el valor del dinero, algo tan subjetivo y tan abstracto para ellos, me llevó charlas con otras madres, a leer varios libros y artículos al respecto.

Por eso cuando llegó a mis manos el video de una mamá española explicando la posibilidad de enseñarles a ahorrar para tres objetivos diferentes, me pareció super adecuado para nuestra situación.

Nos pusimos manos a la obra, buscamos frascos viejos de mermelada, los pintamos con spray, le pegamos una cinta de papel en la cual escribimos el objetivo y voilá, a ahorrar!

Les cuento, se precisan tres alcancías (que pueden hacer, como en nuestro caso, con frascos viejos, o las pueden conseguir, comprar, etc).

  • Alcancía 1: Es para su uso diario, semanal o cómo quiera disponerlo. Es el equivalente al dinero que tenemos en la billetera y pueden administrarlo o gastarlo a su parecer. Si se tiene el dinero suficiente, se puede usar. Por ejemplo, para comprarse una revista, figuritas o lo que se le ocurra. También lo puede ahorrar y comprarse algo de más valor. Es decisión de cada niño.
  • Alcancía 2: Esta alcancía es la del ahorro a largo plazo. Se establece un objetivo de ahorro y para tenerlo presente, se puede escribir en la misma alcancía, sea en la tapa o como en nuestro caso, en una cinta de papel pegada sobre el frente del frasco. Puede tratarse de algo grande, que cueste cierto dinero y que el niño desee. En el caso de Matteo, eligió ahorrar para comprarse un Lego de hace un par de años y que cuesta un dineral. Esta alcancía no puede abrirse hasta obtener el dinero para el objetivo.
  • Alcancía 3: Esta es la que más me gusta y lo que me llamó más la atención del video. Para esta alcancía el niño puede elegir a quién o que entidad quiere donar el dinero que se ahorrará en ella. En nuestro caso, eligió donársela a los científicos e investigadores que están intentando descubrir nuevos remedios y vacunas para las enfermedades que tienen algunos niños.

En resumen, la idea es que de la mensualidad o paga semanal (esta es la opción nuestra), vaya un determinado porcentaje a la alcancía 1, otro a la 2 y otro monto a la 3. No hemos determinado aún cuál será el porcentaje pero lo haremos en breve.

TIP: Cuando estén en un negocio y tu hijo/a te pida que le compres algo y que luego te dará el dinero al llegar a casa, decile que no. Es importante no enseñarles desde tan pequeños el sentido del crédito. Es mejor explicarles que pueden comprarlo cuando tengan el dinero para tal fin. Que si en ese momento no lo tiene, deberá esperar a contar con ello. Lo sé, todos ya lo hicimos así, pero nunca es tarde para re-educarlos! Son muy pequeños y son súper flexibles.

Vivir lejos de casa

A 13.000 kilómetros de distancia y con un océano de por medio

Cuando terminé mis estudios en Argentina decidí venirme a Europa por un par de ¿meses? ¿años?. La verdad, no lo sabía en ese momento y menos lo sé ahora. Había estudiado Turismo y solo ansiaba recorrer el viejo continente.

El destino

me llevó a Palma de Mallorca, quien también hizo de las suyas con Mitja, mi marido y allí nos encontró. En un piso compartido, en la calle Manacor. Él, como estudiante de Erasmus. Yo, trabajando para la ya olvidada Spanair. Y, el resto, se puede resumir así:

Llevo viviendo en Suiza 13 años. Con sus up’s and down’s. Con sus días soleados y con sus días grises (y no solo en el cielo). Tenemos dos hijos que son miti-miti (mitad suizos, mitad argentinos) como ellos mismos se describen (o al menos Matteo, porque Malena aún no habla) “hasta el ombligo soy argentino y del ombligo a los pies suizo” o viceversa, depende el día. A su corta edad ya tiene que tomar decisiones difíciles, como por quién alentar en el Mundial, la camiseta de que país llevará a su clase de fútbol, etc.

Identidad vs. Integración

Claro que estar tan lejos no siempre es fácil. No sentirme ni de acá ni de allá, tampoco. Vamos, que sentirme, me sigo sintiendo argentina. Pero cuando estoy allá, extraño tantas cosas de acá. Y cuando acá, aún más de allá. Es vivir en un estado de incongruencia constante. En un tirar para un lado la cuerda y aflojar en el otro. En un querer y no poder. En poder y no querer. En el miedo a perder mi identidad, dejar de ser yo. Miedo en adaptarme tanto, pero tanto, a mi nuevo país, que termine por olvidar mis costumbres, mi esencia. Pero también es un sentimiento de mucho orgullo formar parte de otro lugar. Es ponerse la camiseta del otro país cuando nos toca reprensentarlo. Es crecer, es superarse, es aprender, es madurar. Pero también es vivir, constantemente, entre dos mundos.

Son decisiones

pequeñas, casi automáticas, que suceden a diario. Vivir lejos implica perder momentos valiosos con mi familia. Es una pequeña y casi invisible renuncia diaria que tiene como resultado que nuestros hijos no crezcan junto a su familia materna (aunque con mucho contacto gracias a Whatsapp, FaceTime y todas las herramientas que nos ayudan a sentirnos más cerca). Es inculcarles al máximo costumbres y valores que me transmitieron mis padres. Es absorber cada momento al máximo en nuestros viajes. Es aprender a disfrutar del instante. Es cerrar los ojos e inspirar fuerte, fuerte, hasta llenarnos los pulmones cada vez que aterrizamos en Ezeiza. Y es volver a inspirar nuevamente, fuerte, fuerte en cada despedida (que son cada vez más difíciles) para que ese poquito de aire inspirado nos acompañe a superar los primeros días en nuestro país por adopción. Y cuando aterrizamos en Zürich mi corazón vuelve a latir fuerte, porque, en definitiva, llegamos a casa. A nuestra casa. A nuestra rutina y nuestras actividades, sus juegos, sus mundos.

Y me doy cuenta

que esta renuncia silenciosa diaria no es solo personal. Es, de alguna manera, directa e indirecta, una renuncia que hacen muchas personas alrededor nuestro. Pero también me doy cuenta que esa renuncia es una constante en mi vida. Que si decidiera volver a mi país, esa renuncia nos perseguirá. Porque en ese caso, la renuncia sería de la otra parte. Y la de mis hijos, también. Que las despedidas serán igual de duras, que las tradiciones serian impartidas por la otra parte. Y comprendo, que, quizás, sin darme cuenta, la decisión de renunciar a muchas cosas, momentos, familia y amigos, la tomé hace mucho tiempo ya. La tome por mí, la tomé también por muchas personas más. Consciente o inconscientemente. No lo sé.

¿Alguien acaso lo puede saber?